Planificar una campaña de marketing no es suficiente para que funcione, puesto que lo que importa es que sea eficaz. Sin embargo, esta eficacia tiene que poder medirse, y para ello, se utilizan datos, que aunque abundantes, no siempre son claros. Por eso, se utiliza el Marketing Mix Modeling (MMM); una metodología que analiza el rendimiento de todos los canales utilizados para optimizar la inversión. Hoy veremos en qué consiste y cómo se implementa.
El Marketing Mix Modeling es una técnica estadística que consiste en analizar los datos históricos de un negocio para determinar la influencia de diferentes variables en los resultados obtenidos. La particularidad que tiene esta metodología es que no se centra en el usuario individual, sino que los datos con los que trabaja son agregados. De esta forma, se pueden identificar patrones a nivel macro.
El objetivo principal es medir la contribución por canal, es decir, cuánto aporta cada uno de los que se utilizan al resultado final. Por ejemplo, televisión, redes sociales, buscadores o email. Estos no solo determinan las ventas, sino también el número de leads o la popularidad de una marca, entre otras métricas.
La ventaja que ofrece es que se superan las limitaciones de los sistemas tradicionales de seguimiento, que se basan en cookies o en la atribución directa. Estas fuentes no son fiables. Además, el MMM tiene en cuenta factores externos que también pueden afectar al rendimiento, como la estacionalidad, la economía o las acciones que la competencia lleve a cabo.
Otra característica importante es que puede medir la repercusión de una campaña publicitaria en el tiempo, que es un fenómeno llamado adstock. Y también detectar los efectos retardados, es decir, cuando una acción no genera resultados inmediatos, sino que influye en las decisiones futuras del consumidor.
El Marketing Mix Modeling es importante porque da una visión realista del rendimiento de las campañas. Por tanto, las decisiones que se toman no se basan en interpretaciones parciales, sino en datos completos.
Para ello, se mide el ROI por canal. En lugar de asumir que un canal funciona mejor porque genera más clics o conversiones directas, lo que se hace es analizar el impacto que tiene dentro de toda la estrategia en conjunto. El MMM también se puede complementar con un modelo de atribución, que se centra en asignar conversiones a interacciones concretas del usuario.
Por ejemplo, muchas marcas han comprobado que las campañas de televisión o display, que aparentemente son difíciles de medir, tienen un impacto significativo en el rendimiento de campañas digitales posteriores. Sin un modelo adecuado, este efecto pasaría desapercibido.
Otro caso habitual lo vemos en los ecommerce. Una empresa puede detectar que un aumento en la inversión en las campañas de pago no siempre genera un crecimiento proporcional en ventas. Sino que, por el contrario, tiene rendimientos decrecientes.
El modelo de Marketing Mix Modeling no es una solución inmediata, pero si se implementa correctamente, sí que mejora la toma de decisiones en el medio plazo. Para ello, es necesario el análisis de datos, pero combinado con una estrategia. Los pasos para la implementación son:
El primer paso es reunir datos históricos de todos los canales y variables relevantes. Por ejemplo, la inversión en publicidad; resultados del negocio como tráfico, ventas y leads, y factores externos, como estacionalidad, precios o el contexto económico. Para que el modelo sea fiable, los datos deben ser de calidad.
Cuando se tienen los datos, se define qué es lo que se quiere medir. Para ello, se seleccionan las variables que entrarán en el modelo y se establece el objetivo, que serán ventas, captación de leads, registros o cualquier otro KPI. También hay que elegir el nivel de detalle. No es lo mismo analizar “paid media” como bloque que separar por canales, campañas o creatividades.
Para construir el modelo, se aplican técnicas estadísticas, que suelen ser regresiones. Estas analizan la relación entre las variables y los resultados para identificar qué factores influyen realmente en el rendimiento y en qué medida.
En esta fase se incorporan conceptos como la saturación de canales o los efectos acumulativos de la inversión. También se ajustan los datos para que se muestren los comportamientos reales del mercado.
Una vez construido el modelo, los datos se traducen en decisiones. Los resultados del modelo se deben entender en su contexto para que se puedan priorizar acciones y optimizar el uso de cada canal dentro de la estrategia general. Por ejemplo, se puede ver que un canal tiene un impacto indirecto alto o que otro está sobreinvertido.
El MMM solo aporta valor cuando se aplica. Es decir, que no será útil si a partir de los insights no se ajustan los presupuestos, se redistribuye la inversión entre canales o se redefinen las campañas. También habría que analizar escenarios futuros, como las consecuencias de incrementar la inversión en un canal o reducirla en otro.
El último paso es continuar revisando y actualizando de manera periódica el análisis del mercado, los canales y el comportamiento del consumidor. A medida que se incorporan nuevos datos, el modelo se vuelve más preciso y resulta más sencillo detectar cambios en el rendimiento antes de que se conviertan en un problema.
Para facilitar este proceso, se pueden usar herramientas de visualización como el dashboard de marketing. Este interpreta los resultados de una forma clara y accesible para los equipos y ayuda a tomar decisiones con mayor agilidad.
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